Probablemente, una de las homilías más contundentes que ha pronunciado durante estos cinco días de viaje, en la que advierte contra el «yo ampuloso» que impide escuchar a Dios y recuerda que solo desde la humildad es posible vivir el amor en la verdad.

El amor como condición de plenitud
León XIV comenzó situando el amor de Dios en una dimensión que rompe los esquemas de como podemos imaginarlo. Recordó que la elección divina no se basa en privilegios o méritos, sino en una gratuidad que es «fuego para el alma, luz para la mente e impulso irresistible para la libertad». Es algo que invade todo el ser y que se convierte en condición de plenitud para la existencia humana. Es el amor que late en sintonía con otros corazones y que no retrocede ni ante la incomprensión ni ante el rechazo.
Por eso subrayó que la respuesta más auténtica al Corazón de Cristo es el amor a los hermanos, lo que llamó el «admirabile commercium» o intercambio maravilloso. No se trata de una transacción, sino de traducir la medida infinita de Dios en la generosidad diaria con el prójimo, especialmente con aquellos que son «incapaces de devolver algo a cambio».
Esta clave del amor se aleja de cualquier forma de paternalismo estéril. El Pontífice aseguró que nuestra caridad no puede ser «mero asistencialismo». El objetivo del Corazón de Cristo es que cada persona recupere la confianza, se levante y logre «su plena realización —espiritual, intelectual y física— y su inserción digna y constructiva en la comunidad». Es una invitación a abrazar al herido para que, como el paralítico del Evangelio, coja su camilla y eche a andar «para una vida libre y digna». Esta visión integral de la persona es lo que León XIV identifica como la «principal fuerza impulsora del auténtico desarrollo de cada persona y de toda la humanidad», citando la herencia de Benedicto XVI.

León XIV saluda a la gente al entrar en el Estadio de Gran CanariaAFP
El silencio frente al «yo ampuloso»
La clave de bóveda de la homilía fue, sin duda, la disección de la soberbia intelectual. León XIV advirtió que el Corazón de Jesús es humilde y que, por esa misma razón, sus latidos son imperceptibles para los «doctos y los sapientes». No se refiere el Papa a los que estudian, sino a aquellos que viven en la «presunción de bastarse a sí mismos». Es la ceguera de quien cree que no necesita ni a Dios ni a los demás, una patología que el Pontífice diagnosticó como el mal endémico de una sociedad aturdida.
La expresión más dura y precisa de su discurso fue la denuncia de ese «yo ampuloso, omnipresente y agitado» que anula el silencio necesario para percibir el amor de Dios. Recordó que la riqueza y la autosuficiencia nos vuelven ciegos, llevándonos al error de pensar que la felicidad consiste en «lograr prescindir de los demás». Es una paradoja trágica: en la búsqueda de una autonomía absoluta, el hombre termina en el aislamiento. Por eso la ‘receta’ del Papa es un ejercicio de realismo: «bajar de los pedestales de la arrogancia que divide, para encontrarnos en la humildad que nos hermana».
La paz nace de la verdad del Corazón
Recuperando el pensamiento de San Agustín, León XIV trazó una ruta circular: «donde está la caridad está la paz, y donde está la humildad, allí está la caridad». Es una tríada inseparable que define la salud de una sociedad. Si no hay humildad, el amor se corrompe en posesión, y si no hay amor, la paz es solo una tregua armada. El Papa insistió en que solo cuando somos humildes nos conocemos realmente tal como somos, y es en ese conocimiento honesto donde nace la capacidad de perdonarnos y entregarnos.
Al contemplar la imagen tradicional del Sagrado Corazón, con su llama y su corona de espinas, el Pontífice pidió a los fieles que no se queden en una contemplación estática. Nosotros, dijo, somos la «presencia viva del Señor en el mundo». Instó a los fieles a ser «portadores de su misericordia y de su paz». El objetivo final es ambicioso pero necesario: que desde el fuego de ese Corazón humilde, crezca a nuestro alrededor «una nueva humanidad, reconciliada en el amor». Una humanidad que no nazca del poder o la imposición, sino del latido manso de quien se sabe amado por Dios.

